El destino me persigue,
me asfixia y me destruye. No puedo negarlo, allí en el mundo de la metafísica, el destino,
maldito tirano de títeres con manos sucias martiriza a los malvivientes. Va a
ser verdad, que un ser, si se puede llamar así, inexplicable, inconcebible para
muchos, evidentes para otros, nos tortura como cual personajes de una novela
romántica, que sólo quieren hallar la muerte, y son desgraciados por no
encontrarlas. El destino se caracteriza por su fealdad, se podría simbolizar en
una especie de fantasma con el rosto desfigurado, con sonrisa de maldad, con la
cara llena de arrugas y los ojos grandes y negros. Sí con sonrisa. Se ríe de
nosotros, pobres candidatos a la infelicidad, sólo nos espera la muerte, ojalá
esta llegue pronto. Bienaventurado aquel que no se siente identificado con mis
palabras, porque con él, el destino tiene misericordia. El amor fati se termina
convirtiendo en un valle de lágrimas al que muchos pertenecemos, desolados,
solos, desamparados… en una existencia insoportable, vacía y sin sentido.